La historia de una rama

Esta es la historia de una rama
que vivía feliz en el árbol que nació.
Daba lo máximo de sí,
y su fruto era grande y vasto.
Aunque por alguna razón
percibía algo extraño en el árbol aquel.

 
El fruto nacía, crecía, maduraba y caía.
Solo algunas veces el hambriento
atraído por el color,
de sus frutos tomaba y comía
pero nunca regresaba.

 
Una vez las ramas hablaban entre sí
de lo extraño que pasaba.
Algo no está bien -aseguraban-.

 
Yo me voy
-dijo nuestra rama atrevida, inconforme-
Cuentan las aves de un gran árbol
en cuyo fruto hay vida.
Que gozo es para una rama saber
que su fruto sacia el hambre,
y su néctar es vida para todos al beber.
Creo que ese árbol mi lugar.

 
La travesía entonces aquella rama comenzó
y del árbol que nació
contra su propio destino al suelo cayó.
Fue pisoteada y muchos sufrimientos padeció.
Vino la lluvia, y el agua le arrastró.

 
Un viajero de bastón la utilizó
y a la puerta de la ciudad la abandonó.
Para un niño fué una espada
y cuando había perdido la esperanza,
aquel pequeño entre su juego al escondite,
en un viñedo la olvidó.

 

Cansada y ya sin fuerzas
a un ave por aquel árbol preguntó.
Ahí está -le dijo el ave-
y nuestra rama lloró…
de tristeza, de alegría, de esperanza,
de cansancio, consuelo,
de admiración y respeto…
de adoración.

 
Y como si la historia fuera triste
la rama finalmente murió,
ahí frente a la vid.

Su travesía se conoce en los viñedos
y toda rama que emprende el mismo viaje,
la ve al final de su trayecto,
sembrada en aquella tierra de esperanza
sosteniendo el madero que señala:
“Esta es la vid verdadera”

 
Es que el labrador encontró una rama
firme y seca
al pie de la vid,
justo para señalar el camino
a todo viajero que busca,
la Vida en el fruto de la Vid.

Mirarte feliz 

Como me gusta 

mirarte feliz.

Esa explosión de alegría 

desborda en mi cielo, 

como luz de la aurora…

y me hace feliz.
Contemplo en silencio,

la ternura

en la curva de tus labios.

El brillo en tu mirada,

y la felicidad en tus mejillas. 
Te quiero,

lo sé cuando te miro,

y deseo tanto provocarte una sonrisa,

ofrecerte un ramo de alegría,

mi fuerza para tu descanso.
Como me gusta 

mirarte feliz.

Esas ganas 

de abrazar una sonrisa, 

como si pudiera. 

De congelar los momentos… 
Te quiero, 

lo sé cuando escucho tu risa,

y la alegría en tu voz, 

y el mundo se convierte en paisaje,

en tarde bonita, en hojas al viento,

en cultivos del campo, 

en ganas de andar bajo la lluvia,

bailando con vos. 

¿Por qué el cielo…?

Hoy hace un año escribí esto…

Hoy a las cuatro miré al cielo. Mientras esperaba me senté y me quedé viendo los colores de las nubes. Era algo muy hermoso. En algún momento me encontré con este pensamiento: 
¿Quién puede privarse de este gran regalo? 
Me quedé un tiempo pensando en esto…
…cuando recordé otra pregunta. Una que alguien hizo a Dios. Una que ha estado ahí; 
Dios, ¿Porque el cielo no es el mismo para todos? 
Cuando la leí por primera pensé rápidamente, “pero Dios hace llover para buenos y malos, los espectáculos y las provisiones del cielo están ahí para todos, no importa quien sea, todos tienen acceso”.
Había una queja en esa pregunta que no podía entender. Al tiempo, por fin logré entrever el problema que quería expresar… 
No es lo mismo ver el cielo a las cuatro sin haber almorzado. No es lo mismo en un hospital. No es lo mismo cuando estas en una cárcel porque cometiste algún error. No es lo mismo después de una jornada tan cansada. No es lo mismo cuando sos adicto. No es lo mismo.
Hoy a las cuatro miré el cielo. Y estaba hermoso. Algunos no pasaron de las cuatro. Otros ni siquiera sintieron pasar ese momento. Algunos durmieron, otros estaban saliendo de algún trabajo. Otros iban a trabajar. Algunos tenían frío. Algunos en casa, algunos en la calle. Las cuatro puede significar para el indigente el momento de buscar algún lugar dónde dormir. No se mira igual el cielo con una penca de leña en la espalda. No se siente igual levantar la vista a un cielo hermoso cuando no se tiene ni un centavo, cuando las deudas apremian y los niños tienen hambre. No se mira igual incluso en la mejor vista cuando se es preso de alguna injusticia. 
Dios, ¿Por qué el cielo no es el mismo para todos?
¿Quién puede privarse de este gran regalo?
Hay muchas cosas en el medio de estas dos cuestiones…

Como una semilla

Germinacion-semilla

 

Como una semilla que
un sembrador cultivó.
Su voz divina
envolviendo la vida.

Pequeñas hojas
emergiendo del suelo.
¡Respiren la esperanza en el viento!
¡Extiéndanse al cielo!
¡Sientan con la lluvia libertad!

Artesano de los suelos,
el abono en tu presencia,
la vida en tus manos.
Vas hundiendo mis raíces
en tu reino,
y lloro de esperanza
con el viento entre mis ramas.
Te siento en la tormenta.

Como semilla
de un noble agricultor.
En suelo de tristeza
brotan hojas de alegría con sus pasos.

La frescura de los frutos
al cansado en el camino.
El descanso de la sombra
en el árido paisaje.

Artesano de los suelos,
hazme un árbol junto al río,
cual frondosa
ceiba con su gamba.
Entreteje en mi corteza
el amor que viene con tu luz.

 

La Palma, Chalatenango, El Salvador, ENFOL 2016

Te comprendo

Te comprendo, le dijo la palmera,
al tipo introvertido, meditabundo,
sentado a la orilla del mar.

Yo también recibo los fuertes vientos
del vasto mar.
Como las tardes serenas
de un cielo encantado.

A mí también me alcanzan las olas
y me inundan la vida.
También escucho los truenos,
y temo al relámpago,
en la tormenta de noche.

Yo también escucho el silbido apacible,
de las estrellas y la luna
reflejada en el mar.

Puedo contemplar los trazos
del pincel de Dios en mi cielo.
Y puedo escuchar su silencio rotundo,
cuando me envuelve la noche oscura.

A mí también me pega en el rostro
la tranquila brisa del mar.
Como el viento recio de un huracán.

Te comprendo, le dijo otra vez,
yo también tengo raíces
en suelo arenoso.
Yo también estoy más adentro,
que afuera.

A mí también me sacuden los vientos,
la vida, la calma… el alma.
A mí también me recorre la lluvia
en el rostro.
Y el cálido sol me sonríe cercano,
susurrándome vida…

Atención 

La atención es una virtud de quién a comprendido que todo tiene su tiempo. Y ha distinguido entre todos los tiempos, el tiempo que corresponde ahora. 
No es fácil concentrarse con una mente ágil, que tiene la capacidad de ir de un lugar a otro, de un tiempo a otro. Se puede estar aquí, y la mente allá. Se puede estar presente y ausente en solo momento. Se puede estar en el ahora, en antes o el después. 
Uno debe entonces, asegurarse, de vivir estando allí, donde se está presente. Bajo esta perspectiva la presencia de uno, la atención, se convierte en un esfuerzo de encaminar no sólo el cuerpo, sino llevar consigo el alma y el espíritu. 

Es difícil concentrarse con un corazón inquieto que lleva a la mente tan lejos como siente. Quién puede, por ejemplo, estar presente, cuando hay tristeza en el alma… El cuerpo puede, la mente está distante, la atención difusa…